Ana González Duque: La Sociedad de la Libélula

La sociedad de la libélula. Libros Prohibidos

Año: 2018
Editorial: Autopublicado
Género:
 Novela (Fantasía juvenil)

Todos queremos pertenecer a la Sociedad de la Libélula

Me dio un alegrón saber que Ana González Duque sacaba nueva novela este octubre. Primero porque no lo esperaba y me encantan las sorpresas —sobre todo si son en forma de libro; aunque el chocolate también funciona a la perfección—. Segundo porque me he propuesto adentrarme más en la literatura juvenil, subgénero tradicionalmente muy menospreciado donde he de reconocer que yo mismo tengo mi parte de culpa. Tercero porque me pirra la fantasía. Y cuarto porque esta autora ha demostrado a lo largo de los últimos años ser una voz a tener en cuenta. Además, que de fantasía pilota bastante, como puede verse en su blog y su canal de YouTube y, sobre todo, en su manual Cómo escribir fantasía. En fin, con todos vosotros, La Sociedad de la Libélula, libro que salió a la venta ayer mismo.

Cuando «La Sociedad de la Libélula», la mayor editorial de fantasía del país, abre sus puertas a nuevos autores, Isabel decide probar suerte. Siempre había considerado que perderse en un buen libro era una actividad placentera.
Hasta que conoce a Melchor Malatar, el editor jefe de La Sociedad, inventor de un trasladador que permite a los escritores vivir sus propias historias. Desdibujar las fronteras entre ficción y realidad no tiene tanto encanto como Isabel había creído, sobre todo cuando se sumerge en un mundo helado y agonizante, poblado de razas extrañas, en el que su vida corre grave peligro.
Un escritor desaparecido, un homicidio y un amor que desafía todas las normas impuestas se entrelazan en una trama que Isabel deberá recorrer en busca de un final feliz capaz de salvarla.

Los que sigan de cerca esta web —alguno habrá, digo yo—, sabrán que nunca hacemos reseñas tan tempranas, que siempre esperamos que pasen unos meses. El motivo: que vamos de malotque somos unos vag que no nos da la vida. Por regla general, los libros nos llegan recién publicados y estos se ponen a la cola en la lista de pendientes, una criatura de tamaño variable con una acusada tendencia al monstruismo. ¿Qué ha pasado con La Sociedad de la Libélula? Pues que me llegó como posible reseña para el número 5 de la revista Windumanoth —una distinta a esta y que podréis leer en su momento— a principios de octubre. De modo que la tengo más que leída desde hace semanas. Y he de decir que ha sido una suerte, como ahora paso a explicar.

Me ha encantado el planteamiento. Y siento mucho que no vaya a ser 100% imparcial, os voy avisando, ya que una obra actual cuyos protagonistas son escritores o editores y cuyo nexo de unión con la fantasía sea el proceso creativo de una novela pues, qué queréis que os diga, me toca la patata. Mi vida son los libros y el mundo editorial, y mi pasión es la fantasía. Vamos, que soy su presa perfecta, maldita sea. Pero no simplifiquemos con mi caso, ya que los ingredientes de esta novela están muy bien cocinados y valen para todo tipo de comensal. Se van haciendo a fuego lento, presentando a los personajes y a ese mundo de Anisóptera tan curioso del que hablaré más adelante. Y desde el principio va poniendo pequeños cebos al lector para llamar su atención, para hacer crecer la tensión, aunque sea poquito a poco.

La sociedad de la libélila. Insecto. Libros Prohibidos

Porque es que resulta que la ejecución también está a la altura. Porque esa tensión que González Duque va haciendo crecer, va haciendo bola y para la última parte del libro ya es todo un alud que a ver quién es el guapo que le pone barreras de contención. Esta sensación de in crescendo, además de tener un gran mérito —no es tan fácil de conseguir—, rebaja bastante el tiempo de lectura, y se mantiene hasta casi el final. Personalmente, creo que la conclusión, sin ser mala, no termina de estar a la altura del resto del libro; cosa, por otro lado, viendo la complejidad y lo acertado de la ejecución, más que comprensible.

El edificio, que se levantaba entre un bloque de oficinas de televisión y un mastodonte de una empresa de telefonía, parecía un castillo del siglo XIX dotado de una inmensa proa de cristal del XXI. Era como si el inmueble que estaba detrás hubiese chocado contra unos grandes almacenes y hubiese salido por el otro lado. En la fachada, sobre el cristal, había una estatua de una libélula repujada a la que el sol arrancaba brillos verdosos y azules.

Igual lo que voy a decir aquí es una tontería, pero no entiendo por qué La Sociedad de la Libélula lleva la etiqueta de literatura juvenil. ¿Se la recomendaría a un adolescente? Por supuesto, pero no veo por qué un lector adulto más amplio debería mantenerse aparte si es un libro que puede ser disfrutado por cualquiera. Entiendo que la autora quiera llamar la atención de un público en concreto —su público— para incrementar las ventas y la visibilidad; ella sabe mejor que nadie cómo hacerlo. Pero también he de decir que se trata de una obra perfectamente disfrutable por personas de todas las edades, que solo porque no se regodee en la violencia o en los recovecos más oscuros del ser humano no significa que no pueda gustarnos a los que ya tenemos una edad.

Mucho cuidado con perderte en Anisóptera

Más allá de la conseguida tensión in crescendo ya comentada, creo que el otro pilar que eleva esta novela es el worldbuilding. Y es que Ana González Duque no podía llevar tanto tiempo tratando estos temas sin saber lo que hace. El mundo de Anisóptera, aquel sobre el que «escribe» la protagonista desde la máquina de convertir sueños en libros, el trasladador de historias, es todo lo distinto al nuestro como podría ser. No hay sol, está casi helado y las razas que lo pueblan, que también son variadas y peculiares, sacan la energía de un ritual que cada cierto tiempo tienen que hacer con la princesa de turno. Ahora mismo, escribiendo esto, soy consciente de la poca justicia que le hago a un mundo tan complejo y, ojo, tan bien documentado con un resumen de unas pocas líneas. De modo que siento que lo mejor es que vayáis a comprobarlo vosotros mismos. Seguro que no os decepcionará.

Estaba claro por qué habían construido el palacio en aquel enclave. Desde él lo dominaban todo. La parte trasera del palacio caía en pendiente sobre un agitado mar de luces que parecían vivas y que se extendían más allá de lo que abarcaba la vista.
—¡Son ciudades!
Él la miró con ojos calculadores. Como comprobando algo.
—Eso que ves es Anisóptera, Isabel —dijo.

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Foto: Søren Astrup Jørgensen. Unsplash