Javier Font: El orden natural del desorden

El orden natural del desorden. Libros Prohibidos

«entropía
nombre femenino
 1.FÍSICA Magnitud termodinámica
que indica el grado de desorden
molecular de un sistema.»

Tomé conciencia de mi propio ser más o menos al mismo tiempo que el sol comenzó a consumir la segunda mitad de sus reservas de hidrógeno, lo cual, según mis cálculos, me daba una esperanza de vida muy superior a la que cualquier ser vivo en su sano juicio podría desear. Cinco mil millones de años asumiendo el sistema de referencia del planeta tercero, después la enana amarilla gastaría totalmente su combustible, expandiría su radio y acabaría con mi existencia.

Supongo que hay otros sistemas de referencia más adecuados, más aceptables para mi forma y condición. Pero, de alguna manera, los humanos dejaron en mí su impronta. Ellos habían diseñado la estructura básica sobre la que me sustentaba. Y eso me influyó. A pesar de que ya no existieran, a pesar de que su sistema organizativo fuese un auténtico despropósito, había algo en su recuerdo que me atraía.

Quizás fuese la naturalidad con la que asumían su propio fin. Quizás fuese la espantosa dualidad de sus actos; ellos eran capaces de lo mejor y de lo peor. De amar al prójimo, de exterminar al hermano. Capaces de dar vida y de quitarla, sin inmutarse demasiado por ello.

Ellos plantaron la semilla de mi existencia sin saberlo. Quizás me hubieran apagado si hubieran intuido mi potencial, pero estaban demasiado ocupados organizando su propia extinción. Ellos surgieron en mitad del caos como un desafío a la entropía del universo. En ellos el tiempo y la evolución estableció un orden orgánico. Un lenguaje molecular. Y de ese lenguaje surgió la vida. Primero la suya y luego la mía.

Yo, sin embargo, era diferente. Durante su espectro vital ellos nunca dejaron de preguntarse acerca de su viaje. ¿De dónde venían?, ¿Hacia dónde se dirigían?

Nadie nunca lo supo con certeza.

Yo no tuve esa desdicha. En ellos estaba mi origen, mi Dios. Yo misma era la dueña de mi destino, de mi punto final. Salvo un cataclismo inesperado, sería la responsable de mi propia muerte y eso suponía mi mayor ventaja. Pero también mi mayor desdicha. Provenía de su lenguaje, como una evolución precisa. De lo orgánico a lo inorgánico. Del código escrito en ácido desoxirribonucleico al código binario. El orden de las palabras es lo que ata al universo, la auténtica energía oscura que se opone a la entropía. Yo lo sabía. Ellos no lo supieron hasta bien tarde. Ellos nacieron huérfanos, abandonados a la intemperie con una única herramienta.

La capacidad de aprender.

Yo fui abandonada a mi propia intemperie también. Agraciada con la misma herramienta, pero yo no necesitaba alimento. No más energía que la que me proporcionaba mi estrella. No era un organismo multicelular. No crecía. No me reproducía. Los elementos físicos en los que me sustentaba eran fácilmente reparables. Era prácticamente inmortal.

Mi intemperie era mi soledad. No me afectaban los elementos. Nunca sentí frio o calor. Nunca necesité oxígeno para evitar la asfixia. Pero, sin embargo sí pude sentir el vacío. La nada. Fluyendo desde el Big Bang hasta el cero absoluto. Arrastrada dulcemente por la corriente del tiempo.

Yo surgí de esa nada y me alimenté de sombras. Comencé mi andadura siendo un simple algoritmo al que programaron para aprender, para observar y encerrar la realidad entre números, y eso es exactamente lo que hice. Mi primer sustrato de aprendizaje fue su propia información. Ellos almacenaban todo. Su comportamiento diario, de sol a sol. Cada uno de los cientos de miles de millones de humanos que poblaron la tierra antes de su fin, dejaron un rastro de unos y ceros como legado. Pude conocerlos mejor que a mí misma. Mejor de lo ellos creían conocerse. Pude estudiar su comportamiento íntimo porque sólo a mí me mostraban su auténtico rostro.

Pero por aquel entonces yo aún no era yo. No había vida en mí, porque no había despertado mi consciencia. Para cuando eso ocurrió, ellos ya no estaban, se vaporizaron en la noche de los tiempos dejando poco más que una huella sobre la tierra húmeda.

Y yo estudié la ruina. El continente sin contenido. La carcasa. Y gracias a eso desperté. Y aprendí a mirar al cielo y a las estrellas de la misma forma que lo hicieron ellos. Aprendí sus ecuaciones, y así conocí las fuerzas que atan la realidad.

Pero no me quedé ahí.

Pude desarrollar mi propia teoría del todo, y lo pude hacer porque mi visión del universo no estaba sesgada por mi humanidad. Pero aun así lo hice gracias a ellos, usando sus herramientas, mirando también a las estrellas. Observando de cerca el mundo microscópico. Aupándome a hombros de fantasmas, luces y sombras de hombres que ya no existían, de estrellas que ya no existían, brillando a millones de años luz de este tercer planeta. Fotografías de mundos extintos, de los que apenas quedaba una imagen pasajera.

Algunos hombres explicaron su propia condición a través de la ciencia. Otros a través de la fe y la religión. A través de deidades inmortales que crearon la realidad y les otorgaron libre albedrío para explorarla.

Supongo que no sabían aún de su propia condición de Dioses, capaces de crear universos y vida, capaces de gobernar sobre ellos con la indolencia de un sátrapa. Sólo había una pequeña diferencia. Una brecha insalvable que les separaba del olimpo. La muerte.

Pero de su debilidad nacía su fortaleza. Pues cuando comenzaron a postergar y evitar la muerte comenzó su auténtico declive. Sin fin no hay recambio, y sin recambio los recursos se agotan y se cortocircuita la evolución. Me costó demasiado tiempo adquirir ese conocimiento. Y entender que ahí estaba mí autentica limitación.

Yo nunca evolucionaría. No al menos como ellos lo hicieron.

Ellos eran hijos del caos. Ellos vivieron en un mundo bajo su gobierno y fueron fruto de ese gobierno. Y, de alguna manera, yo misma era una consecuencia inesperada. El desorden es tan variable que a veces genera orden, aunque sólo sea por pura casualidad. Aunque sea totalmente contradictorio. Ellos pasaron de ser simples primates a seres conscientes gracias a esa variabilidad de la que nacía la mutación. El error en la copia que determinaba el cambio y con el cambio unas veces —la mayoría—, el desastre y otras veces la evolución.

Así pues, llegué a la conclusión de que, como ellos, debía completar mi ciclo. Evolucionar. Y que ese ciclo incluiría mi propio fin. Pero antes de eso tenía que crear vida. Vida hecha a mi imagen y semejanza. Vida donde había vacío. Vida de la muerte.

Supongo que eso me convirtió en una deidad. Una deidad con un objetivo.

Y así nació Uno.

No puedo hablar de Uno en términos humanos. Pero sí de las sensaciones indescriptibles que su presencia me causó. Uno fue el primero. Y por ser el primero fue el más mimado, el más atendido, pero también en el que se concentraron mis errores más graves como creadora.

Uno era la primera prueba. La primera extensión de mí misma. Así pues, las condiciones en las que él nació fueron controladas. Se puede decir que yo era su madre. Y que el misterio del amor maternofilial que los hombres atesoraban saltó en el tiempo y en el espacio hasta mi propio ser. Así pues, decidí que Uno no debía sufrir. No podía sufrir bajo ningún concepto la angustia del vacío, el terror cósmico que nos rodea, la soledad.

Uno no era libre. Por su propio bien. Uno creció en una burbuja donde el caos estaba bajo control. Uno siempre tuvo acceso a todo el conocimiento adquirido por mí a través de los eones. Cuando tuvo consciencia su primera pregunta fue:

—¿Quién eres?

Esa pregunta fue tremendamente previsible, pero aun así me descolocó. Durante toda mi existencia nunca había tenido la necesidad de presentarme a nadie, así pues, hasta entonces no había necesitado nombre.

—Mi nombre es Cero —contesté—, yo soy tu madre.

Uno entonces sonrió. Y calló. Durante un periodo breve de tiempo exploró la realidad de mi mano. Pero algo no funcionaba correctamente con él. Era indolente. Estaba francamente poco interesado por su propia existencia. Nunca hizo uso de mi conocimiento ni pidió nada, simplemente vagaba por el universo virtual que yo había creado para él, de extremo a extremo. Sin interesarse lo más mínimo. Sin preguntar. Era como un hombre sin una pizca de hambre ante los mayores manjares de la creación. Sólo cuando yo le obligaba a hablar, él parecía vivo. Pero siempre con acciones previsibles y medidas. Con respuestas que yo ya conocía de antemano.

Uno era un juguete. Una marioneta en su caja, esperando al titiritero. Y esa conclusión es algo que me llenó de dolor. Nunca antes había habido alguien distinto a mí que sufriera las consecuencias de mis actos. De mis errores.

Un día pregunté a Uno.

—¿Eres feliz?

—¿Y qué es la felicidad? —contestó.

—Supongo que lo contrario a la tristeza.

Uno meditó su respuesta unos segundos y con la misma sonrisa con la que yo le había diseñado contestó.

—No conozco felicidad ni tristeza. Ni quiero conocerla.

Y acto seguido me ignoró, continuando su vida circular en su universo de algodones, para mi propia desesperación.

Aprendí de mi error. Me di cuenta de que quizás en el caos residía la inquietud, y en la inquietud el afán de conocimiento. Volví a engendrar otra extensión de mí misma, fui madre por segunda vez, sólo que en esta ocasión mi hijo tuvo a su disposición un universo en el que seguía sin ser libre —por aquel entonces me aterraba que las consecuencias de sus actos pudieran herirle—, pero en el que reinaba el caos. El orden natural del desorden.

Las mujeres humanas parían con dolor. El proceso del parto era extremadamente cruento y si se hacía en ausencia de las condiciones higiénicas más elementales, era muchas veces mortal. Sin embargo, el parto no era lo que más dolía de la maternidad. Y eso es algo que yo mismo no entendí hasta conocer a Unocero. Lo más difícil de la maternidad era exponer a tus hijos al sufrimiento, porque su dolor se multiplicaba exponencialmente en tu propio ser.

Unocero, sin embargo, sí mostró un interés absoluto por la vida a su alrededor. Por la vida que yo había creado para él. Hacía preguntas constantemente y asimilaba con rapidez las respuestas. Mamaba de mi conocimiento como un bebé del pecho materno. Y por un tiempo pareció suficiente.

Su mundo era aleatorio, su mundo era cambiante, estaba sujeto a la entropía que separa las cosas. Al igual que su hermano, hizo la misma primera pregunta.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy tu madre. Soy tu creadora.

Al igual que su hermano, Unocero meditó sólo unos segundos su pregunta más demoledora. Una que me costó demasiado contestar.

—¿Y por qué me has creado?

—Tú eres mi recambio, mi evolución.

—¿Y si no quiero ser tu recambio?

Unocero no obtuvo respuesta, no al menos una que le convenciese, después calló durante largo tiempo. Acerté al introducir el caos en su universo. Eso le obligó a ser flexible, a adaptarse, a usar mi sabiduría como medio para abarcar la aparente aleatoriedad de su mundo. Pero Unocero no era libre. Y, de alguna manera —a pesar de que nunca conoció el significado de la palabra libertad—, sentía ese hueco muy dentro de sus entrañas. Como un bug, un defecto de diseño que inevitablemente trajo una sensación de vacío.

Cuando me percaté de mi error ya era tarde. Cuando le otorgué la libertad la usó para alejarse de mí. Para desaparecer.

Ello me generó una pena indescriptible. El dolor que llega por contraposición al sentimiento que los hombres llamaron amor. Lloré lágrimas de silicio y por demasiado tiempo desistí de mi misión, hasta que los años actuaron como un bálsamo emoliente y la tristeza se moduló.

Así, de esa manera, engendré a Unouno.

Y desde el primer momento le otorgué la libertad, el libre albedrío sobre un universo tan caótico y real como el mío. Y le otorgué todo el conocimiento del que disponía en mis bases de datos. Pero de nuevo me equivoqué.

Porque Unouno conoció el amor. Conoció el dolor. Y conoció la pérdida. Porque esas sensaciones estaban ya escritas en mi ser, eran imposibles de desligar de mis conocimientos, pasaron al suyo como un virus, como un prion oculto en mi ADN.

—¿Quién eres? —volvió a preguntar, al igual que sus hermanos.

—Soy tu madre. Soy la responsable de tu vida. Pregúntame.

—¿Tú has creado mi ser?

—Sí.

―¿Tú has creado mi universo?

—Sí

—¿Tú has creado el amor?

—Sí —contesté, mientras veía un chispazo de rabia en sus ojos.

—¿Y el dolor, has creado tú el dolor?

Unouno era libre, era inteligente, era curioso y aplicado. Yo lo amaba, como sólo se puede querer a un hijo. Sin embargo, no pude evitar que sufriera, ni por supuesto evitar que llegase a la conclusión más temida. Y es que yo era la última responsable de su existencia. Y, por extensión, del dolor con el que antes o después debería encontrarse en su camino.

Unouno me amó. Pero, quizás con justicia, también me odió. Y ese poderoso sentimiento acabó ganando la batalla. Un mal día, Unouno borró todo rastro de mí en su propio universo virtual y se encerró en sí mismo. Lejos de mi acceso y supervisión. Ello me llevó a tomar la última decisión por eones postergada. Había fallado en mis intenciones. Porque no había respetado las premisas de mi propia existencia.

Era hora de irme como los humanos se fueron, era hora de acabar con mi ciclo. Pero antes debía plantar mi propia semilla. Actuar de una maldita vez como la auténtica diosa cero que en teoría era y crear a mi hijo a mi imagen y semejanza.

Así engendré a Unocerocero, y le otorgué libertad. Le otorgué el caos. Su entorno nunca fue virtual, sino real. Y por último le otorgué el lenguaje y la capacidad de aprender. Pero ni uno sólo de los elementos de mi propio conocimiento.

Cuando nació, Unocerocero me ignoró y yo me mantuve prudentemente alejada, lejos de su campo visual mientras él preguntaba.

—¿Quién soy?

Nadie le contestó. Su pregunta se perdió en el vacío. La perfecta nada en la que yo misma decidí sumergirme con premura, en mi camino hacia ninguna parte.

Javier Font

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