Iván Repila: El niño que robó el caballo de Atila

Año: 2013
Editorial: Libros del Silencio
Género: Relato
Valoración: Muy recomendable
Tal vez nunca lo haya contado aquí, pero pasé algo más de un año fuera de España, de Europa, y casi del mundo. Esto, entre otras muchas cosas, hizo que dejara mucho trabajo pendiente en casa, y desde que volví, hace ya cuatro meses (la Vírgen, cómo pasa el tiempo), me voy poniendo al día. Ayer por fin pude hacer justicia con “El niño que robó el caballo de Atila”, segunda novela de mi amigo Iván Repila.
En realidad no es la segunda, sino la primera que escribió, pero parece que es la segunda porque la primera que publicó fue “Una comedia canalla”, que en realidad escribió en segundo lugar, ya que, bueno, supongo que habéis captado la idea.

Este relato cuenta la historia de dos hermanos que se encuentran en el fondo de un pozo. No sabemos ni quiénes son, ni cómo han llegado allí abajo, ni siquiera cómo se llaman. Sólo sabemos que guardan celosamente una bolsa de comida para su madre y que desean salir. Con esta inquietante escenografía, propia de las peores pesadillas causadas por escuchar viejas leyendas de pueblo, se desarrolla la acción.

Voy a empezar hablando de tamaño. Que no se preocupe Iván (ni su señora), que no voy a dar detalles a lo “Sálvame”, sino que me refiero a la extensión del libro. Para mí el número de páginas no es importante en una obra siempre y cuando esto no afecte negativamente a su resultado (y sí, me estoy refiriendo a ti, James Joyce). En este caso son 130 paginicas, así que lo agarré y me dispuse a acabármelo de una sentada. A mitad de libro, exactamente por la página 61, lo cerré y me puse a hacer otra cosa con la certeza de que tendría que esperar al día siguiente para conocer el desenlace. A ver: la historia marchaba bien, los niños llevaban 29 días en el pozo, y para mi sorpresa, las situaciones entre ellos eran tan complejas, y a la vez tan posibles, que la trama se iba desenvolviendo y enmarañando a partes iguales, consiguiendo no aburrir en ningún momento. Además, sin abandonar el lenguaje directo que ya encontramos en “Una comedia canalla”, Iván se da el gusto de adornar los hechos con imágenes tan potentes que se quedan clavadas en el cerebro.
Entonces, ¿qué fue lo que me hizo parar de leer? Yo creo que fueron dos cosas que se contraponían. Por un lado, aunque la atmósfera estaba tan bien conseguida que me sentía dentro del pozo con ellos, como algo así como un tercer hermano que sólo puede mirar, pronto me invadió una sensación de que el desenlace sólo podía ser fatal. Y, por otra parte, los veía tan valientes, tan enteros, con una energía tan arrolladora que podía sobreponerse al hambre, el frío, el miedo, las alucionaciones, o la enfermedad, que llegué a pensar que si habían podido sobrevivir tantos días en el pozo, si yo les dejaba ahí una noche más, pues tampoco lo iban a notar. Esta paradoja me dio la sensación de haberlo visto ya todo, y me hizo desconectar.
Así que, como decía, cerré el libro y me dediqué a otra cosa. Sin embargo volví, y fue todo un acierto, ya que justo en el siguiente capítulo uno de los hermanos se destapó con una retahíla que da a conocer el porqué del título:
Cuando saltaba muchas veces sobre el mismo lugar, la tierra se volvía negra. Caminé durante años por todo el mundo, y las huellas de mi peregrinaje podían verse desde el cielo como una herida espantosa que no cicatrizaba.
 
Desde ese momento supe que, ocurriese lo que ocurriese allí abajo, dentro de las entrañas de la tierra, la suerte de esos dos hermanos podía ser cualquier cosa menos decepcionante. Me di cuenta de que ya no me podía quedar, no ya sin saber qué, sino cómo iba a ocurrir. Y al final… muchos signos de exclamación para el final.
De modo que desde aquí os recomiendo encarecidamente a todos vosotros que la leáis, porque os va a encantar, y a ti, Iván, que no pares de escribir.