Antonio Fuster Juárez: Lo que solo el tiempo sabe

Año: 2014
Editorial: Neverland
Género: Novela
Valoración: Pasable

Me gustaría, antes de nada, agradecer a la editorial el habernos enviado el ejemplar en papel. Vamos al grano, que hoy es el día del libro (¿sólo hoy? ¿en serio?) y tenemos más trabajo que de costumbre.

Lo que solo el tiempo sabe es una novela histórica poco convencional, tan tan poco convencional que apenas se podría catalogar como tal, ya que entrelaza una historia actual con lo que ocurre en el pasado (año 1800). Sin duda, el convulso cambio del siglo XVIII al XIX en Madrid, corazón político de un país repleto de agitaciones, es un momento perfecto para desarrollar la acción de una de las partes de la novela. Personajes como Jovellanos, Goya, o la duquesa de Alba, aparecen en el texto acompañando a Isabel de Mesa, la protagonista. Por su parte, en 2008, Julio Sastre está escribiendo una novela sobre esto mismo, con los mismos protagonistas. Sin saber cómo, el escritor cae preso de una historia de amor imposible entre ambos momentos históricos.

Tanto si se es amante de la novela histórica como si no, el planteamiento de esta obra es de las mejores cosas que me he encontrado ultimamente. Con un comienzo correcto en las formas, pero no por ello menos rompedor, Antonio Fuster nos mete de lleno en 1800, haciéndonos espectadores de la vida de Goya, por ejemplo. Muy bien documentado y con estilo seguro, Lo que solo el tiempo sabe pone muy fáciles las cosas al lector en sus primeros capítulos. Luego la cosa se complica.

En un fenómeno que suele ocurrirle a los autores en sus primeras novelas, la frescura y fluidez de la narración del principio suele decaer conforme avanzan las páginas. Este libro adolece de este mal que, bueno, de entrada no tiene por qué ser tan grave, pero resulta que coincide con un bache argumental serio: la parte histórica, la que (con diferencia) más interés despierta, pronto queda truncada por la obsesión de la protagonista, Isabel, con Julio, el escritor del presente. Lo que en principio se nos presenta como un ejercicio de metanarración ambicioso y audaz por parte del autor, tarda poco en convertirse en un obstáculo para el avance de la novela: ella sólo piensa en él y él sólo piensa en ella (quién será, cómo será, dónde estará, cómo llegaré a su lado). Así se pasan capítulos, y capítulos, y capítulos, y venga, y dale. El interés, claro, empieza a incinerarse a una velocidad preocupante.

Otro problema que tampoco ayuda: hay demasiadas explicaciones. La narración tiene una tendencia demasiado acusada a llevar de la manita al lector, lo que a veces resulta incluso odioso. Esto se pone de manifiesto muy especialmente con los diálogos, donde el autor, deseoso de mostrar lo muy bien que se ha documentado, aprovecha la más mínima ocasión para dar rienda suelta a sus conocimientos, sin importarle si para ello entorpece las conversaciones con un lenguaje enciclopédico del todo antinatural.

Y es que los diálogos no están conseguidos en ningún momento, ya que, por un lado, los personajes (los actuales, no los históricos) apenas resultan reales (son demasiado parodiescos) y, por otro, los interlocutores tienden a discutir en una misma dirección hasta llegar a la conclusión, como si en realidad fueran una sola persona discurriendo consigo misma.

La sensación general al leer Lo que solo el tiempo sabe es que al texto le sobran páginas, capítulos, situaciones, e incluso diría que personajes, y que a la parte histórica le falta más protagonismo, más acción, más chicha. Mi opinión es que esta misma historia se podría despachar bastante mejor en algo más de la mitad de sus 354 páginas originales.

Y después de este análisis, ¿por qué la valoración se queda en Pasable y no es inferior? Pues porque este libro sí que consigue algo que otros muchos no, y esto es que, cual ave Fénix, tiene la capacidad de resurgir de sus cenizas. La trama, que después de todo sigue perteneciendo a ese planteamiento tan válido, es innegablemente interesante, amén de un par de giros más que satisfactorios. La lástima es que esto ocurre tal vez demasiado tarde y, sinceramente, ¿cuantos lectores estarán dispuestos a aguantar hasta llegar a él? Lo dejo a la elección de cada uno.