Libros Prohibidos

"Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma." Fahrenheit 451

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Samuel Beckett: Esperando a Godot

Título original: En attendant Godot
Idioma original: Francés
Año: 1952
Editorial: Tusquets
Género: Teatro
Valoración: Muy recomendable

Hoy en Libros Prohibidos vamos al teatro, pero no se preocupen, que no va a ser necesario pagar la burrada que en España se pide por una entrada. En este espacio es (de momento) gratis disfrutar de una obra como Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Sabemos de las dificultades que surgen a la hora de reseñar el trabajo de premios Nobel sobre los que existen incluso tesis doctorales. Es cierto que va a ser, como poco, complicado añadir algo que no se haya dicho ya, pero oiga, aquí, unas líneas más abajo, está disponible la opinión de un servidor. Quién sabe, a lo mejor se me ha aparecido la Virgen esta mañana y empiezo a desvelar significados ocultos por doquier. Veamos.

Esperando a Godot, a veces subtitulada como Tragicomedia en dos actos, se puede encuadrar en lo que se conoce como teatro del absurdo, esto es, una obra que no habla de nada, cuyos diálogos carecen de sentido, cuyos personajes son idiotas como poco, y cuya trama (si la hay) no lleva a ningún sitio. Dicho así, cualquiera podría decir pues mira tú que bien, o pues qué coñazo, y lo cierto es tanto en un caso como en el otro se tendría toda la razón. Y también se estaría equivocado, ya que no debemos separar lo que muestra la obra en sí, con lo que se busca criticar. Siempre hay una crítica, amigos.

Y bien, ¿qué critica Esperando a Godot que la hace tan genial, o al menos, tan famosa? En principio, esta obra relata la espera de dos personajes un tanto estúpidos, que han sido citados (o no) con un tal Godot que nunca llega. Apenas saben nada más, y es tan poca su capacidad de concentración, que muy difícilmente podrían llegar a conocer algo más. Entretanto, se encuentran con Pozzo y su esclavo Lucky, dos hombres cuya lógica hacen aún más desconcertante el mundo que (al parecer) se está retratando y la obra en sí.

Si usted está ya pensando menudo bodrio, espere a leer el alegato que ahora llega.

La crítica, que no me he olvidado de ella, se dirige hacia nuestra sociedad. Los protagonistas, hombres que dicen tener más de cincuenta años, pero que por su carencia de conocimientos parecen simples niños, responden a la alienación que la sociedad ha hecho de ellos. Incapaces de concentrarse en un tema específico por más de un minuto, tampoco pueden comprender lo que ocurre a su alrededor, lo que les hace presa fácil de cualquiera que quiera aprovecharse de ellos. Su única ocupación parece ser esperar al tal Godot, un ser que ha prometido verles pero que siempre tiene una excusa peregrina para decirles que llegará mañana. Mientras tanto, los protagonistas sólo son capaces de matar el tiempo, de verlo pasar, confundiendo así los días, apenas recordando qué hicieron ayer. De este modo, claro, ¿cómo van a saber qué hacer mañana? En este sentido, es destacable el detalle de que ambos personajes principales coquetean con el suicidio, como si se tratase de un juego inocuo que simplemente les liberase por un tiempo de la pesada carga de sus propias existencias, algo así como fumarse unos petas y pasar el rato entre risas.

Por otra parte, tenemos a Pozzo y Lucky, amo y esclavo, cuya función no es otra que la de reafirmar con humor la comedia existencial de estas personas vacías y sin rumbo. Ellos no esperan a Godot, pero sí que están de paso, en un viaje hacia ninguna parte que, visto lo visto, hacen en círculos. La esclavitud de Lucky es vista con total normalidad, e incluso se prefiere que así sea antes de que piense por sí mismo, lo que todos consideran como algo poco deseable, desagradable incluso. Supongo que, una vez llegados a estas alturas, no sea necesario apuntar que, tanto usted que me lee como yo que suscribo, estamos metidos en ese mismo saco de sociedad miserable. Únicamente nuestros pensamientos, esas cosas odiosas, son los que podrán sacarnos de ahí.

En fin, una sátira en toda regla de nuestra sociedad. La recomiendo al mismo tiempo que me pregunto: ¿cómo habría escrito Beckett esta obra de haber vivido en un mundo lleno de smartphones stupidpeople como el nuestro?

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Javier • 16/02/2015


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