Harper Lee: Ve y pon un centinela

Título original: Go set a watchman
Idioma original: Inglés
Año: 2015
Editorial: Harper Collins
Género: Novela
Valoración: Mejor no

Por mucho que hayan podido oír ustedes lo contrarioVe y pon un centinela NO es una secuela de Matar a un ruiseñor, ese gran clásico de la literatura estadounidense que reseñamos hace unos meses y que, como no podía ser de otra manera, nos encantóVe y pon un centinela no es una secuela, sino el manuscrito original de Matar a un ruiseñor. Harper Lee se lo presentó a un editor en los 50 y este le debió de decir algo así como: “hmmm, bueno, es un poco caca esto que has escrito, Harper, pero me gustan los flashbacks a la infancia de la protagonista… ¿por qué no escribes un libro que sea entero desde el punto de vista de cuando era niña?”. Esto dio origen a Matar a un ruiseñor. Así que Ve y pon un centinela no es, insistimos, una secuela de esta obra, sino su manuscrito DESCARTADO, que se perdió durante un montón de años y que ahora, casualidades de la vida (*ruido de máquina registradora de fondo: ka-¡¡CHING!!*), ha sido publicado a la vez en varios idiomas tras ser anunciado a bombo y platillo (*bolsillos engordando con fajos y más fajos de billetes*).

Habiendo pasado ya por la (ardua) experiencia de leer este bodrio libro, me dispongo a contaros por qué no me ha gustado nada. La reseña no tiene más remedio que contener unos ***SPOILERS*** importantes, pero no me preocuparía en exceso si fuese ustedes, ya que si aguantan hasta el final seguramente se les quiten las ganas de leerlo de igual modo.

Les pongo en situación: Jean Louise ‘Scout’ Finch tiene 26 años. Su hermano Jem (el otro prota en Matar a un ruiseñor) murió hace dos. Después de una temporada viviendo en Nueva York, Jean Louise regresa a Maycomb, el pueblo de Alabama donde creció. Allí descubre que sigue siendo ese agujero infestado de racismo y prejuicio que siempre fue, y que parece que su padre (ese noble y tranquilo héroe de las injusticias raciales en Matar a un ruiseñor) se ha contagiado de este clima repugnante y ahora forma parte de un consejo ciudadano que trata de contener las crecientes demandas en pro de la igualdad de derechos entre negros y blancos. La novela trata acerca del trauma que supone para Jean Louise darse cuenta de que su padre no es el semi-dios que ella pensaba. Y… that’s pretty much it.

El primer problema que tiene esta novela es que apenas es una novela. Para empezar, porque el argumento en sí da como mucho para un relato. Jean Louise descubre que su padre es un racista. Se coge una rabieta. Vomita un par de veces. Discute con su padre y le llama “hijo de perra”. Se reconcilian. Punto. No pasa mucho más. Es cierto que la ‘historia’ está aderezada con unos cuantos flashbacks a su infancia y que, como bien acertó a decir el editor original, son lo mejor del libro. Pero la trama principal es bastante poca cosa. Nada que ver con el argumento complejo e intrincado de Matar a un ruiseñor. Y luego, también da la sensación de ser, eso, un primer manuscrito de un autor novel. Hay mucha paja. Mucho pasaje aburrido. La historia tarda siglos en arrancar. Los personajes son planos. La profundidad que pueden llegar a tener les viene dada por la lectura de Matar a un ruiseñor. Si alguien cogiera Ve y pon un centinela sin haberse leído la otra obra de Harper Lee se quedaría con la sensación de que es un libro soso, insustancial, aburrido.

El segundo problema es que, si uno se ha leído Matar a un ruiseñor antes, no va a poder evitar compararlos. Y si se los compara, Matar a un ruiseñor está a años luz. No ya solo porque tiene un argumento infinitamente más complejo, sino porque todo (y cuando digo todo, es todo) lo que hacía de él un libro especial brilla por su ausencia en Ve y pon un centinela (nombre feo donde los haya, por cierto). Matar a un ruiseñor es un libro muy gracioso, que retrata con suma inteligencia la manera de pensar y entender el mundo de los niños; está lleno de misterio, irradia ternura por todos los poros, y la sutileza de su mensaje político antirracista es de una elegancia y de una sabiduría que pocos libros pueden igualar.

Ve y pon un centinela no es gracioso, es pesado. Como mucho alguno de los capítulos de la infancia de Jean Louise tiene cierta gracia, pero la historia principal no. Al estar narrado desde el punto de vista de una adulta pierde el toque cachondo y entrañable de una historia contada desde los ojos de una niña. Y es que, para colmo, Jean Louise se ha convertido en una mujer bastante enervante, como veremos. Todo el misterio y la ternura del otro libro están completamente ausentes. Y el mensaje político no solo no es sutil, sino que además es indignante.

Y esto nos trae al último punto, que es quizá el más importante. Ve y pon un centinela no solo se muestra como un libro de poca calidad en comparación con el anterior, sino que además empaña el buen recuerdo del mensaje antirracista de Matar a un ruiseñor. El libro que nos ocupa tiene un tufillo bastante derechoso. Yo ya estaba advertida al respecto, pues había leído algunos comentarios de lectores indignados ante la perspectiva de que les hubieran estropeado al personaje de Atticus Finch (el padre de Jean Louise), que es en nuestra cultura popular algo así como un icono de la lucha contra el racismo. No me siento identificada con estas quejas; puedo aceptar que un personaje cambie, o más concretamente, que la evolución hacia una mayor madurez de Jean Louise haya hecho que vea a su padre como realmente es. Esto no me parece mal planteamiento de entrada. El problema está en el mensaje político subyacente.

No se trata ya del racismo que defiende Atticus (basado en la idea de que los negros están muy atrasados y que no hay que darles todos los derechos de golpe porque no están preparados para ello), sino de que el propio personaje de Jean Louise, a pesar de que se indigne tanto con el comportamiento de su padre, es bastante racista también. Menciona, por ejemplo, la idea de casarse con un negro como si fuese algo completamente descabellado y que ella jamás haría porque no es tan radical. Pero lo peor de todo no es esto, sino el mensaje final del libro, la moraleja. Después de que Jean Louise se agarre la rabieta definitiva y llame a su padre “hijo de perra”, su tío va a verla, le da un puñetazo que le hace sangrar el labio (verídico), le sirve un whisky, la llama “fanática” y le dice que hay que aceptar a la gente racista porque están en su derecho y, total, no van a cambiar. Jean Louise (borracha perdía) se da cuenta de que su tío ‘tiene razón’ y hace las paces con su padre. Ale, a ser sumisa y tolerar la intolerancia, claro que sí.

En fin, con todo esto, tenemos que darle la razón al editor original: Harper, querida, has escrito dos libros, uno es una obra maestra, pero el otro es un poco caca. No pasa nada, era tu primera novela y estabas aprendiendo. La culpa no es tuya, sino de quien te haya convencido, en tu senectud, para que edites un libro que no es más que un borrador y que jamás debió ver la luz. Por suerte, al menos esta vez nadie te acusará de que lo haya escrito Truman Capote.