Cómo chamullar fetén, o la deuda del español con el caló

Tal vez no sea lo más apropiado a la hora de defender una tesis, escribir un ensayo, o tener la primera conversación con tu suegro ex-Boina Verde, pero si lo que deseas es molar en una conversación (ya sea hablada o escrita), sin duda hay que recurrir al caló. El caló o calé, como la mayoría ya sabrá, es el idioma de los gitanos de España.

Este pueblo, que entró en la Península Ibérica hace unos cuantos siglos, trajo consigo una cultura nómada cuyos orígenes se sumergen en la noche de los tiempos. Siempre caracterizados por el gusto de la vida al aire libre, la facilidad (incluso predisposición) para cambiar de residencia, y una asombrosa capacidad para habituarse a la cultura local sin perder ni un ápice de sus raíces ancestrales, los gitanos no dejan indiferente a nadie (ni para bien ni para mal). Es indudable su aportación a la cultura española a lo largo de este porrón de años de convivencia, algo que ha quedado claramente plasmado en el flamenco. Y también, por supuesto, en el lenguaje.

Como decíamos, las palabras caló no son las más idóneas para las ocasiones, digamos, serias. Siempre relacionado con los bajos fondos, o lo que se conoce como la Universidad de la Calle, el uso de los términos caló es apenas apto para  los colegas y ya. Sin embargo, estaríamos cometiendo un error al infravalorar estas palabras, ya que, gracias a ellas, las conversaciones de muchas novelas, obras de teatro, o la nueva poesía (por no mencionar las series de televisión, o el cine) han salido ganando. Y tanto.

Y es que no es lo mismo decir “esa gachí tiene un bullate fetén” que “esa chica tiene un trasero muy bonito”; o “¿venimos a currar o a hacer el paripé?” que “¿venimos a trabajar o a fingir que trabajamos?”; o “te endiñaron este peluco como dabuten, pero en verdad es un ful” que “te colocaron este reloj como excelente, pero en realidad es falso”; o “pilló algo chungo que le tenía todo el día doblado en la piltra y jiñándose hasta que terminó diñándola”, que “contrajo una enfermedad que le tenía todo el día metido en la cama y yendo al baño hasta que terminó muriéndose”; o “me dijo que nanái, que aquello era un camelo y que me pirase con mis chaladuras a otro sitio”, que “me dijo que no, que aquello era un engaño y que me fuera con mis tonterías a otro sitio”, y un largo etc.

No se puede negar que, aparte del gusto y la macarrada que supone hablar así todo el rato, las conversaciones han ganado en personalidad, en realismo, en gracia. Ese arte gitano fresco que te camela, se te lleva los jurdeles y se da el piro cuando menos te lo esperasDesde luego que muchas de mis palabras favoritas del español proceden del caló, y es justo decirlo en voz alta, claro que sí. Como escritor, animo a todos los autores a no achantarse y utilizar estos términos más a menudo, introducirlos en las bocas de sus protagonistas en las conversaciones, o incluso en pasajes narrados donde se quiera imprimir más fuerza, fidelidad y raza al asunto que se trata.

Por lo demás, aquí el menda sigue pidiendo precaución a la hora de causar buena impresión a gente más sensible a la jerga callejera. No seáis gilís.

PD: las palabras caló aparecen en cursiva en este post con el único fin de resaltarlas, ya que están perfectamente reconocidas por el Diccionario de la RAE.

Fuente: Fundación Joaquín Díaz. Revista de Folklore nº 329.